viernes, 6 de julio de 2007

El perfume se dispersa sin prisa frente al espejo que mis vista traspasa en medio de todo el silencio que no acaba. Ahí flotan tus ojos como las luces de la velas a la deriva sobre el rio y no me canso de mirarlas en su tránsito lento recogiendo la tranquilidad que apenas dejan en las débiles estelas de cada parpadeo.

Cuando el silencio no acaba, las palabras se agolpan e invaden sin permiso las tardes quietas donde citamos tantas veces nuestro nombre hasta que nada significa y esperamos, perdidos sin migajas, la llegada de la noche y por supuesto de otro día.

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